Imaginen un polvo formado por millones de sensores microscópicos que, cuando inciden en una persona, recogen datos como ubicación, reconocimiento facial y corporal, frecuencia cardíaca, presión arterial, temperatura corporal, frecuencia respiratoria, reconocimiento de voz y escaneo de huellas dactilares, sin que la persona se dé cuenta.
Esto, combinado con algoritmos especiales, permite controlar el comportamiento, e incluso los pensamientos, de cualquier sujeto.